Birdman o la batería eterna

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Antes de empezar a hablaros de la película, me viene a la mente una frase de Marge Simpson cuando, en un capítulo, un psicólogo receta a Bart una batería dada su hiperactividad. Marge se queda sorprendida al ver todo lo que la compone (diciendo cada nombre), hasta que dice: «es una batería». Pues así empieza Birdman, con un sonido eterno de batería en un ritmo que podría ajustarse a cualquier improvisación de jazz o blues. Un ritmo constante y, por qué no decirlo, que se llega a hacer largo hasta que los protagonistas salen del teatro a la calle y por fin vemos al batería tocando en la calle. Una forma diferente, interesante, que llega a gustar, pero que también te llega a cansar y, hasta que cesa el instrumento, algo desquiciante según varía el ritmo (aunque mientras escribo esto estoy escuchando la banda sonora y me parece más bueno que malo), de musicar una película. Pero es que, ¿no es así la vida? Altibajos de batería, el caos, la locura, el desorden y el hecho de no saber cuando va a variar el ritmo, la improvisación y la sorpresa.

La película narra la historia de un actor en sus horas bajas, que huye del cine y que quiere dar el salto al teatro, con la interpretación, dirección y protagonismo de una obra que le marcó desde pequeño. Un objetivo ambicioso y necesario para impulsarse y hacerse ver nuevamente en escena, eso sí, esta vez en Broadway. Todo esto envuelto en una serie de problemas que se le irán presentando a lo largo del metraje.

La predisposición con la que me dirigí al cine fue impulsada por una expectación totalmente diferente de lo que allí me encontré. Dispuesto a ver a un actor en sus horas bajas (interpretado por Michael Keaton, excelente, por cierto), al que se le recuerda por su papel más celebrado, el de un súper héroe alado, un pájaro justiciero (guiñazo a su papel en Batman de Tim Burton, y hasta la máscara que se puede ver en el póster, me recuerda al Búho Nocturno de Whatchmen), me encontré con algo que iba más allá de lo que, a priori, me esperaba de la película: un drama y una comedia, que lo fue, y algo de psicoproblemas, que también los tiene, entonces, ¿qué es lo que me chocó? La forma en la que fue llevada.

La grabación, o la cámara, es una protagonista más dentro del film y, además, persigue a cada personaje que está en movimiento, hasta que se para y suele quedarse fija. El cambio de escena a escena está muy ligado entre sí, haciendo de la película muy dinámica y dotándola de realismo a cada paso. El movimiento forma parte del entramado que hay dentro de la preparación de la obra de teatro que se lleva a cabo en la peli. Casi me recuerda a, salvando las distancias, Dogville de Lars von Trier, aunque no se llega al extremo de una representación prácticamente teatral (sólo basta verla para saber como se desarrolla la película en un solo espacio, dividido en varios cubículos o, mejor dicho, líneas en el suelo del escenario que representan los espacios). La película cuenta con un reparto bastante bueno, donde destacan Michael Keaton (protagonista de la historia), Emma Stone (hija del protagonista), Edward Norton (actor bastante querido en la película), Zach Galifianakis y Naomi Watts. El señor Keaton desborda desequilibrio mental ante los ojos del espectador. Representa su papel de esquizofrenia auditiva y visual, conjuntado con los quebraderos de cabeza que le da el hecho de realizar su primera obra teatral y los problemas de su vida personal, tanto pasada, como presente o futura; todo esto acompañado por una hija (Emma Stone) recién salida de rehabilitación tóxica y un actor estrella que se rebela en pleno escenario; por no hablar del amor propio y el egocentrismo que desprende. Norton encarna el papel de un actor capaz de vivir en el escenario e incapaz de vivir en la vida real (por lo visto sólo tiene la voluntad cuando se enfunda el disfraz de actor). El planteamiento es genial, la vida real para él es el escenario, huyendo de la auténtica realidad, el escenario de los demás. Mientras que Zach, que nos tiene acostumbrados a papeles mucho más humorísticos (sólo falta recordarlo en las pelis de Resacón en Las Vegas), se nos revela en un papel más serio haciendo de una especia de productor y ayudante de Keaton. Y Emma Stone va seduciéndonos cuando aparece en pantalla.

El director Alejandro González Iñárritu nos muestra el mundo interno del teatro como excusa, como una forma para hacer una megacrítica que se ve en cada escena de la película (a parte de los problemas de los personajes). Y es que, amigos, no se salva nadie en la película. Críticos, actores, directores, la misma ciudad de Nueva York y Broadway por extensión, el New York Times, el cine comercial, el espectador el cínico y el simplista y, seguramente, se me escape algo más, todos estos están en la lista negra, como si hubieran perdido el alma, como si sólo se buscase cine o teatro palomitero (¿esto último existe? No recuerdo que se coman palomitas en el teatro). La decadencia de la cultura y el arte occidental, en pleno centro de la grandeza teatral, tocados y hundidos por la obra de González Iñárritu. Pero, fuera de poder sentirnos insultados, la obra es muy completa y entretenida, aunque a veces se haga pesada por el concepto de banda sonora con una sola batería y con algún destello de alguna cuerda en algún momento (si mi memoria no me falla), o incluso por el movimiento incesante de la cámara y las veces que se nos invita a pasar a la mente del protagonista. Aún así, en conjunto, merece la pena verla y disfrutarla y, sobre todo, sacar propias conclusiones, ya que seguramente me haya dejado muchas cosas fuera, que ayuden a enriquecernos y enriquecer a otros con lo que sacamos del jugo de la fruta dulce que es el cine.


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Comentarios

comentarios

1 Comment

  • Case dice:

    Genial reflexión de una película que también supuso para mí un choque de expectativas, por culpa de los trailers y sus malas artes, pero que no obstante, supuso una sorpresa inesperada. Una propuesta refrescante y contundente que deja buen gusto y mejor poso. Muy recomendable.

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